
Inglaterra, 08 de octubre de 2026.- Fue coetánea de Charles Darwin, ha vivido dos guerras mundiales y grandes pandemias, desde la gripe española al COVID: Jonathan, la tortuga más longeva del mundo, tiene 194 años. Un análisis de su privilegiada genética ha desvelado el secreto de su eterna juventud.
Este ejemplar de tortuga gigante fue llevado desde las Seychelles hasta la isla de Santa Elena (un territorio británico de ultramar situado a 1.860 kilómetros de distancia de la costa de Angola) en el año 1882 como un regalo para sir William Grey Wilson, quien al poco de recibirlo fue nombrado gobernador de la isla.
La tortuga contaba ya con 50 años cuando se instaló en los jardines de la residencia del gobernador de Santa Elena. Y ahí sigue desde hace 144 años.
Aunque pertenece a una especie muy longeva, la de las tortugas gigantes de Aldabra (Aldabrachelys gigantea hololissa), que pueden vivir en torno a los cien años, Jonathan ha batido todos los récords de longevidad y un equipo internacional de investigadores afiliados a centros de Estados Unidos, el Reino Unido, Dinamarca y Alemania ha querido saber por qué.

Un análisis de insólita longevidad
Para entenderlo, los investigadores han extraído material genético de Jonathan a partir de raspados en la mejilla y de un análisis de sangre con extracción a través de la boca (tentaron al animal con comida hasta que abrió bien las mandíbulas).
Del mismo modo, han obtenido material genético de otras cuatro tortugas de Aldabra, en edad juvenil y mayores para poderlas comparar.
Un artículo científico recogido este miércoles en la revista Science Advances describe los hallazgos fruto del estudio de su genoma y metiloma y de la comparación con el de otros ejemplares de su especie.
La secuenciación de su genoma ha revelado que la tortuga no sólo tiene buenos genes, como la mayoría de las de su especie, sino que además no presenta muestras de deterioro genético, y ahí está la clave que le ha permitido estar con vida casi dos siglos.

Los científicos han identificado 287 variantes genéticas únicas que reducen los efectos habituales del envejecimiento.
Esas variantes controlan procesos claves del organismo que evitan que las células envejezcan como la reparación del daño en el ADN, la reducción de la inflamación, la regulación de la insulina y la supresión del cáncer.
La clave está en el metiloma
En términos más técnicos, los científicos han estudiado el metiloma completo de Jonathan, es decir el conjunto de «etiquetas» químicas en su ADN que regula qué genes se encienden y apagan en las células o dicho de otro modo: las instrucciones precisas que guían el desarrollo y funcionamiento del cuerpo de la tortuga.
La entropía de la metilación del ADN analiza la heterogeneidad o el «ruido» que pueda existir en esas etiquetas químicas (grupos metilo) en una población de células.




